En casi todas las reuniones familiares hay una foto de grupo: todos alineados, sonriendo, con la mirada al frente. Es la foto formal, y está bien tenerla. Pero la que más se disfruta después suele ser otra: la que sale cuando alguien dice que hagamos una tonta. Ahí es donde de verdad se ve cómo es la familia, con sus risas y sus locuras, y cada persona parece más ella misma.
Después de la foto seria, la foto libre
Haz primero la foto formal, con paciencia y con orden. Coloca a los altos detrás y a los pequeños delante, comprueba que se ve cada cara y haz varias tomas seguidas. Cuando termines, di a todos que ahora viene la otra. Ese es el momento en que la gente se relaja, porque ya nadie tiene que estar perfecto y la tensión desaparece de golpe.
Propón ideas sencillas. Todos saltan a la vez, todos ponen cara de sorpresa, todos miran hacia un lado, los mayores cargan a los pequeños, o cada uno hace un gesto distinto. Deja que los niños decidan, porque a ellos se les ocurre lo mejor. Haz muchas fotos seguidas, porque en la acción siempre hay alguna que sale espectacular, con alguien a medio salto o con una risa contagiosa.
Sitúate un poco más lejos y a la altura del pecho. Así entrará todo el mundo y evitarás las caras deformadas de los primeros planos. Si vais a saltar, avisa con una cuenta atrás. Usa el temporizador o pide a otra persona que haga la foto, así podrás estar tú también. Cuida que no haya obstáculos ni escalones en el lugar del salto, y que nadie se lastime.
Quédate con las dos fotos. La formal para colgar en el salón, la divertida para el álbum y para reír en las comidas. Muchas familias descubren que, con los años, la divertida se convierte en la favorita, porque es la que mejor recuerda cómo se sentía el día. Pregunta a los presentes antes de compartirla fuera de la familia y envíasela solo a quienes estaban allí.